martes, 6 de junio de 2017

Estaba estudiando, mamá.



24 llamadas perdidas de "Mamá"


-Mierda. - Mis pensamientos  se fueron en picada. El remolino  de emociones que me invadió  en ese momento me tomó  desprevenido. Siento las náuseas, me mareo. Comienza la incertidumbre.



Las veces que una madre implora a su hijo que no vaya a las protestas equivale a la concurrencia de la estación de metro Plaza Venezuela a las seis de la mañana.

Miles y miles de súplicas.
Miles y miles de personas.


Pensará  mi madre que puede ser mi nombre el próximo que circule por las redes relatando que estoy herido. Pensará mi madre que su hijo yace muerto en una camilla ó, peor aún, pensará mi madre que su hijo estará luchando por un error de su generación.

La almohada de las personas que un día votaron por el difunto presidente Chávez se convierte más en piedra cada día que un manifestante cae por culpa del régimen.
O no. Pido mis disculpas. Me retracto.
Cada día que un héroe cae.


   Hoy la concentración es en la Plaza Altamira. Equipo mi bolso con guantes, maalox, lentes, agua con bicarbonato, agua potable (aunque siempre olvido consumirla) y una camisa para ocultar mi rostro. Guardo mi teléfono en lugares que prefiero no decir, debo comunicarme cuando pueda, mi mamá no sabe que voy a protestar. 
Al finalizar, me acuclillo para rezar.

   Acá en Venezuela los guardias nacionales hasta por cargar la bandera de tu país en el bolso te catalogan de "terrorista", una bandera que ellos juraron con su alma defender y, que hoy, la manchan con la sangre de sus hermanos con todo el regocijo del mundo. En la trayectoria hacia la concentración debes cuidarte de ellos si no quieres de cena una golpiza y de morada un piso frío en la cárcel.

   En mi corazón llevo a Dios, en mis manos mi defensa y en mis pies mi destino.
He ahí mis únicos compañeros en el duro camino de la manifestación.

   Tomo la camioneta Cementerio-Carmelitas en la avenida Roosevelt, vía Plaza Venezuela. Me bajo antes de llegar a Plaza Venezuela en una parada que no tiene nombre, pero tiene como referencia la Arepera de 24h. Acá espero. Como siempre, me detengo y miro a mis alrededores, puedes lograr cruzar con cualquier tipo de persona. Caracas te presenta un abanico abierto repleto de una diversidad impresionante.

   Nunca verás ningún pipote de basura solo y, en su contenido no me refiero a la basura, me refiero a la gente a su alrededor. Los cuento:

1, 2, 3, 4, 5 y 6.
Seis personas hurgando en la basura buscando algo que comer.
Seis personas en las cuales pensaré hoy cuando esté protestando en primera línea.
Seis pobres almas vestidas con harapos llenos de agujeros por todos lados.
Miro sus ojos. Están vacíos, parecen cuencas. Las ojeras que hacen casa bajo sus ojos relatan un cansancio y un dolor infinito.
Observo detenidamente sus extremidades. Intento vislumbrar los hilos que los coordinan, ya no parecen personas, se mueven como marionetas controladas por la mano de la necesidad.
Ellos son los mártires. Ellos son la verdadera cara de Venezuela.

   Ya viene la camioneta que se dirige a Petare (pasa por el Recreo, Chacaito, Chacao, Altamira, La California...). Me bajo en Plaza Altamira.

   Todos nos cubrimos como podemos. Todos se expresan libremente, ya sea pintándose la cara o el cuerpo, diseñando franelas con distintos mensajes ó usando máscaras de personajes. Incluso algunos han manifestado desnudos para exteriorizar un único mensaje: somos un pueblo desarmado luchando por la paz. Claramente no podemos dejar detrás la protección, algunos cuentan con máscaras antigás, yo lamentablemente no me he podido equipar con una. Quisiera que todos contáramos con chaleco antibalas, pero ese es sólo un sueño inocente.

   Hay chicos que prestan servicios paramédicos, estudiantes de Medicina de la Universidad Central de Venezuela, los llaman "Los de la cruz verde". Puedes identificarlos por sus cascos blancos adornados con una cruz verde en el centro. Son jóvenes, como todos los que salimos a la calle.  Para mí son lo más admirable. Nos han llenado a todos de esperanza y seguridad. Velan por la integridad y salud de cualquier persona presente. Sin discriminar, sin catalogar. Ojalá toda Venezuela trabajase así. 

   Nos vamos movilizando desde Altamira hasta la autopista Francisco Fajardo al paso que nos permiten. Mis compañeros y yo nos vamos a "frentear". Las bombas lacrimógenas serpentean soltando su asfixiante y peligroso gas (todas las bombas que utilizan están vencidas), las tomamos y se las devolvemos. Me mareo, los ojos me escuecen. Me baño con maalox y continúo. Es crucial no correr ya que hiperventilas y puede ser fatal, simplemente debes hacerte a un lado o esperar que algún compañero te libere de la bomba. 

   Los guardias se esconden en los escombros, entre sus tanquetas, en los árboles o en cualquier sitio que crean conveniente con un fin único: asesinar. En sus ojos no encuentro el menor atisbo de compasión o respeto. Sacrifican su honor en favor de la facilidad. Operan bajo órdenes de un gobierno roto e insensible. En rededor puedes encontrarte a cualquiera de ellos golpeando vilmente a una mujer, empujando a una anciana ó disparando sin temor a cualquiera de nosotros. Me inquieta pensar el destino tan fatal que le espera a cada uno de ellos. Dios no los va a perdonar y nosotros mucho menos.

   La adrenalina que sientes es interminable. Las ganas de triunfar son inalcanzables. 
No comprendo a las personas que aseguran que "todo sigue igual".
¿Cómo seguir igual teniendo prueba suficiente de que nos acorralan como ganado y nos disparan sin piedad?
Marcando a algunos de por vida.
Marcando a otros tantos con la muerte.

   Continuamos cara a cara. Seguimos con la resistencia. Al pasar unas cuantas horas, retrocedemos buscando refugio y descanso. En ese momento comienza mi coro favorito:
"Vamos, héroe, tú puedes.
Vamos, no te rindas.
Ésta lucha es de todos. No estás solo.
Tengan fuerza y fe, guerreros"

   Mi piel se eriza, mi corazón se hincha de honor, sus palabras caen como rocío de valor en mi rostro. Todas esas personas dirigiéndose a nosotros. Ellos son el escudo que hacen de nuestro espíritu algo inquebrantable.

   Me retiro y retrocedo para apartarme del caos. Debo revisar mi teléfono. Al lograr dar con él, lo enciendo y me quedo paralizado al ver el primer mensaje que aparece: 24 llamadas perdidas de "Mamá".

-Mierda. - Mis pensamientos  se fueron en picada. El remolino  de emociones que me invadió  en ese momento me tomó  desprevenido. Siento las náuseas, me mareo. Comienza la incertidumbre. 

   Las veces que una madre implora a su hijo que no vaya a las protestas equivale a la concurrencia de la estación de metro Plaza Venezuela a las seis de la mañana. 
Miles y miles de súplicas.
Miles y miles de personas.

   Pensará  mi madre que puede ser mi nombre el próximo que circule por las redes relatando que estoy herido. Pensará mi madre que su hijo yace muerto en una camilla ó, peor aún, pensará mi madre que su hijo estará luchando por un error de su generación.

   Me armo de valor y marco el número de mi mamá. Responde de inmediato.

-Hijo, te estuve llamando desde hace rato y no contestabas. ¿Dónde estás?

-Estaba estudiando, mamá. Tranquila. Por eso no respondí. - Mentí. Desee con toda mi vida que no me hubiese hecho esa pregunta. Siento un nudo en la garganta, no podía responderle con la verdad.

-Te pregunté donde estás.

-Estoy en la residencia, mamá. - Mentí de nuevo. Luego de hacerlo la primera vez, las mentiras salen solas. Se van uniendo y van tomando forma. Siempre me han recordado a las telarañas: fáciles y débiles.

   Ambos intentamos protegernos. Ella lucha por mí y yo lucho por mi país, bajo su bendición. Eso me repito para disipar la culpa que ahora me invade. Sólo quiero que mi vieja esté sentada, tranquila, al lado de su radio y de la mano de su aguja y sus hilos.

   Luego de recordarme mil veces los peligros que corro transitando las aceras calientes donde se disputan las protestas, me recordó lo muchísimo que me ama y colgó.

   Ojalá pudiese haber seguido hablando con ella. Imaginar que la tengo de frente y cruzo mis brazos por su hermosa   cintura. O poso mis labios en sus arrugadas mejillas. O le peino la melena mientras lee una revista. Me encantaría decirle el fuego que nos mueve a todos. Como mis compañeros mi cuidan y yo, al mismo tiempo, también velo por su seguridad. Decirle como sus corazones laten y rugen por la libertad que nos han arrebatado. Como todos nos tomamos de la mano como hermanos y nos movilizamos confiados de que alguien nos cuida la espalda.

   "Tengo que regresar", pienso. La resistencia cada día  se prolonga más. Aguantamos más horas y, al pasar de las mismas, la fuerza va acrecentando.

   Regreso con mis compañeros. Ya comenzó la peor parte. Relevo a uno de los escuderos en primera línea. Mi compañero me hace señas y vamos a auxiliar a otro escudero que estaba solo cubriendo a seis personas aproximadamente. Nos posicionamos a su lado y lo reforzamos. En nuestra izquierda estaban guardias nacionales a pie disparando metras, perdigones y balas. Sí, como leyeron: metras, perdigones y balas. Al lado de ellos las tanquetas lanzando las bombas lacrimógenas, la ballena escupiendo el agua para hacernos retroceder y a continuación más guardias nacionales disparando metras, perdigones y balas.

   Comencé a contar:
"1, 2, 3, 4, 5, y 6.
Seis personas hurgando en la basura buscando algo que comer."
Me lo repetí tantas veces. Esa imagen está impresa en mi mente.
Observaba los ojos de los guardias y exacerbaba mi odio. Pero no puedo sentir odio.
Todo lo que deseas se devuelve.
La pregunta de oro siempre ha sido "¿por qué existen tantos hombres malos?" cuando yo considero que lo correcto es preguntarnos porqué no existen tantos hombres buenos.

   De repente, sale un manifestante solo corriendo sin ningún tipo de protección, los guardias le disparaban incontrolablemente, mi compañero y yo salimos a cubrirlo.
Sientes como las balas, metras y perdigones rebotan en el escudo, cada impacto suena a muerte. Mi piel se eriza. 
Regresamos y seguimos "frentendo".
Al pasar los minutos, llegó uno de los chamos de la cruz verde y se le queda viendo a mi amigo detenidamente. Le pregunta:

-¿Estás bien?

-Sí vale, excelente. - Responde mi amigo seguidamente.

   A continuación le comienza a preguntar sobre si propósito en la protesta, en qué día estamos, entre otras preguntas. Inmediatamente supe que le estaba evaluando la escala de coma de Glasgow.
Mi amigo respondió con total coherencia.
Al finalizar, el paramédico le dice con total serenidad:

-Hermano, no te quiero alterar, pero estás herido de perdigón en el cuello y ambos brazos.

   Ambos nos quedamos petrificados. La adrenalina trajo como consecuencia que ignoráramos completamente que mi amigo estaba herido. Escuchamos la frase que hace que a todos se nos ponga el corazón de piedra y que nuestra sangre corra y queme como lava ardiente.

- ¡Una moto, necesitamos una moto!

   Se llevaron a mi amigo y, con él, se fue una parte de mi alma. Su partida me dejó como saldo una angustia extrema. Me subí en una moto y fuimos detrás de él. Estaba tranquilo, no sentía nada hasta que la adrenalina fue bajando y comenzó a sentir mucho dolor. Otro perdigón le rozó la espalda. Tenia una pierna y ambos brazos dormidos.

   Esperamos y esperamos. La imagen de mi amigo para mí era un espejo. Sólo podía pensar "pude haber sido yo" ó mi hermana, mi mamá, cualquiera. Nadie está exento. Todos somos víctimas de ésta situación. Entré en una especie de trance, me sumí en una oscuridad completa con olor a sótano. Me sentí ahogado. Me sentí amordazado.
Me sentí muerto.

   Eso que les acabo de relatar pasó el lunes. Mi amigo está de reposo con tres perdigones esparcidos en su cuello y brazos. Por pocos centímetros no le dieron en la arteria carótida.

Mi amigo es un sobreviviente. Es un héroe. Él sigue llamando para que continúe la resistencia. Apenas pueda pararse e ir de nuevo a "frentear", lo hará. Es un hombre con sus convicciones claras y que ha dejado huella entre sus simpatizantes. Es el hombre que me impulsa a seguir luchando.

   Hoy, vuelvo a mi cama. Necesito dormir. Cuento de nuevo: 

"1, 2, 3, 4 , 5 y 6.
Seis personas hurgando en la basura buscando algo que comer."
Seis personas por las cuales voy a luchar mañana.
Seis personas por las cuales les pido que sigan con fe.
Seis personas por las cuales nos armamos de coraje y nos vamos de frente hacia la lucha.

   Reproduzco una vez más mi coro favorito para disipar el sonido de las balas:
"Vamos, héroe, tú puedes.
Vamos, no te rindas.
Ésta lucha es de todos. No estás solo.
Tengan fuerza y fe, guerreros"

   Seguimos en resistencia, Venezuela.
La paz está en nuestros corazones y la unión en nuestras almas.
Rompan las cadenas.

   Celeste A. Del Corral.